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jueves, 4 de abril de 2013

La Piedra de Aserrí y la Bruja Zárate




La Piedra de Aserrí y la Bruja Zárate


Había una vez una pintoresca ciudad llamada Aserrí ubicada a 11 km al sur de San José y gobernada por un español ilustre y bien parecido, de quien la Bruja Zárate se enamoró perdidamente. El la despreció y entonces ella juró vengar aquel desaire que le hizo el español. Días después amanecía la aldea convertida en una enorme piedra, los habitantes en animales de la montaña y el orgulloso español Pérez Colma pasaba a la categorfa de pavo real.
La Zárate era una mujer blanca, gorda, pequeña, de ojos grandes y negros, mirada maliciosa, usaba peinado con dos trenzas, dueña de sí misma, solía curar a sus enfermos y cuando le consultaban casos tristes, les obsequiaba frutas que al llegar a sus casas estas se convertían en piedras preciosas y monedas de oro.
Cierto día, un señor llamado Diógenes Olmedo fue a visitar a la famosa Zárate, para ver si le daba suerte y fortuna. Después de caminar cerca de seis horas, llegó al anochecer a la piedra y cansado de dar vueltas alrededor de ella sin encontrar un medio para poder hablar con la Bruja Zárate, resolvió recostarse en la piedra y esperar. Esperó tanto que el cansancio lo dominó y se quedó dormido. Horas después deliraba, mirando a su lado un árbol en cuyas ramas se posaron unas blancas palomas diciéndole con voz humana: "Si quieres hablar con la encantadora Zárate, da tres golpes a la piedra y dí las siguientes palabras: -Busco en vano mi ideal... años caminando y siempre en pie, linda Zárate escucha y ábreme por el amor al pavo real". Seguidamente las palomas retomaron el vuelo dejando caer pétalos blancos.
Diógenes despertó... Ya era medianoche, levantándose dió tres golpes a la piedra y al mismo tiempo repitió las palabras que le habían dicho las palomas. En ese instante la piedra se iluminó, apareció la Zárate con un chal tinto cruzado por los hombros, en sus dedos un cigarrillo encendido y en la otra sujetaba con una cadena un lindo pavo real. Se dirigió con amabilidad al pobre hombre que temblaba de pavor diciéndole: ¿Qué de mi, buen hombre. En que puedo complacerte? Diógenes, tomando valor se acercó, la saludó inclinándose y luego le contó su doliente historia, su viudez, sus hijos enfermos y hambrientos. La Bruja Zárate. como si recordara algo y pensativa le preguntó: ¿Cuánto tiempo hace que murió tu esposa y cómo se llamaba? El pobre hombre le respondió: -Ella no murió... hace dos años salieron ella y unas amigas a bañarse a un río en la montaña... nunca más se supo de ella ni de sus amigas, desaparecieron misteriosamente... su nombre era Lupita Olmedo. La Zárate movió sus cejas, aspiró el humo de su cigarrillo y con una carcajada estripitosa enfrió la sangre del pobre hombre y le dijo: "Conmovida por tu amargo sufrir y porque me has pedido por el amor de mi ave favorita, el pavo real, te voy a dar lo que necesitas". Caminaron una hora montaña arriba y por fin llegaron a una planicie en donde una hermosa laguna rodeada de bambues, toronjas y limones emergían de ese bello lugar, la bruja tomó varias toronjas y le dijo: Toma, aquí tienes el alimento de tus hijos". Diógenes llenó su alforja con los frutos, en ese instante doce palomas blancas se posaron sobre los bambues y la bruja Zárate le dijo: "Puedes marcharte ya, esas palomas te serán de guía".
Regresaba el pobre hombre pensativo y desilusionado, llevando en los hombros aquel cargamento de toronjas y en el alma la promesa de una mujer coqueta y repugnante. ¿Para qué tanta fruta y tantas palabras vanas?... Llegando a la mitad del camino y sintiendo aquella pesada carga decidió aliviarla, y arrojó seis toronjas por un precipicio hasta llegar a un río y desaparecer. Más aliviado prosiguió su camino, sus hijos lo divisaron y echaron a correr hacia el preguntándole que les había mandado la señora Zárate. Diógenes fingiendo alegría, les contó que ella les mandaba unas hermosas toronjas y que al día siguiente llegarían doce palomas blancas a darles una sorpresa. Los niños se durmieron esa noche, esperando el día siguiente para atrapar las palomitas y divertirse con las toronjas. Al día siguiente las toronjas amanecieron convertidas en oro puro, y más tarde Diógenes y los niños percibieron el ladrido de los perros y pisadas de caballos, cuál sería la sorpresa al ver que regresaban las doce paseantes que una mañana, felices fueron a la montaña y no regresaron. Lupita Olmedo venía adelante galopando para estrechar a sus hijos y su inconsolable esposo. Y contaban que la bruja Zárate, al verlas bañandose en el río tuvo la ocurrencia de convertirlas en palomas blancas y que formarían así su corte de honor. En cuanto al pavo real, le prometió que tan pronto consienta en ser su esposo, le devuelve su forma primitiva, pero el honorable español conservará su abolengo, es preciso resignarse a ser pavo real prisionero, antes que esposo de la hechicera en libertad.

La Piedra de Aserrí
Autor: Quirós R. Tomado de: Leyendas costarricenses. Compilador Elías Zeledón.

Era otra época, eran otros tiempos; y el pintoresco poblado de Aserrí, estaba gobernado por un español ilustre y bien parecido; Pérez Colma era su nombre y muchas las miradas femeninas que seguían sus pasos y muchos los corazones que suspiraban por el apuesto hombre.
Entre ellas sobresalían los ojos negros ojos de mujer misteriosa: Zárate.
Baja y gorda, era esta señora, cuyos grandes ojos tenían una mirada fiera y maliciosa, al hablar movía mucho las cejas y salpicaba su conversación de estridentes carcajadas.
Acostumbraba peinar su oscurísimo cabello en dos trenzas y su andar era cadencioso. Zárate era muy dueña de sí misma, acostumbraba imponer a todo el mundo sus caprichos y también solía curar sus enfermedades, y es que ella era una bruja. Un bruja cuando acudían a ella genes con casos tristes, les obsequiaba frutas, luego la gente al llegar a sus cosas descubrían que estas se habín convertido en piedras preciosas y monedas de oro.
Así era la mujer que se había enamorado de Pérez Colma, pero el orgulloso español la despreció, y ella juró vengar aquel desaire.
Días después la aldea amaneció convertida en una enorme piedra, los habitantes en animales de la montaña y el apuesto gobernador en pavo real.
Pero como el tiempo no pasa en balde, con el correr de los años, nuevos pobladores llegaron a esos lares y levantaron sus casas, sin sospechar que dentro de aquella piedra vivía la Zárate, con la esplendidez de una sultana de cuento oriental.
Por las noches, ella abría la piedra y daba albergue a todos los animales, inclusive al hermoso pavo real, a quien llevaba sujeto de una de sus patas, por una cadena de oro.
Pero aunque el tiempo había pasado, todavía había gente que sabía del poder de la bruja; y acudía a ella en busca de remedios a sus males.
Cierto día, un hombre llamado Diógenes Olmedio, fue a visitar a la famosa hechicera, su corazón estaba atribulado, hacia dos años su esposa y unas amigas habían desaparecido, aquello destrozaba su corazón y el de sus hijos.
El pobre hombre caminó seis horas hasta que por la noche llegó al poblado, al divisar la piedra, se acercó a ella y luego de rodearla varias veces en busca de la misteriosa mujer, ya cansado, resolvió recostarse un rato con la mole mientras esperaba. Pero eran tanto su cansancio, que pronto se quedó profundamente dormido.
Horas después, entre sueño, él sientió que era despertado por un suave batir de alas; al mirar hacia un árbol cercano, pudo ver como unas palomas blancas se posaban en sus ramas y al mirarlo con voz humana le dijeron:
- Si querés hablar con la encantadora Zárate, da tres golpes a la piedra y di los siguientes versos:
"Busco en vano mi ideal
años caminando y siempre en pie,
linda Zárate escucha y ábreme
por el amor del pavo real"
Y después de referirle esta confidencia, levantaron vuelo.
Era casi la media noche, cuando el hombre despertó, y se decidió a seguir las indicaciones recibidas en el sueño: dió tres toques a la mole y recitó los versos... entonces, en ese mismo instante, la piedra se iluminó y parecia abrirse, más parecía un poblado, con sus casas y calles; entonces oyó abrir y cerrar puertas, escuchó ladridos, voces y risas; y la luz que emanaba el lugar, parecía haber convertido la noche en día.
Diógenes se restregó los ojos, ¿estaría soñando? Pero sus dudas se desvanecieron ante la presencia de una mujer bajita, vestida de negro con un chal oscuro sobre los hombros, quien avanzaba hacia él con un pavo real sujeto por una cadena de oro.
La Zárate se dirigió a él con mucha amabilidad:
-¿Qué deseas de mí buen hombre?
Diógenes se armó de valor para contar a la misteriosa señora todas sus atribulaciones, cómo había desaparecido su mujer, su soledad, sus hijos enfermos, la falta de trabajo y comida.
- Fue hace dos años señora, que ella y sus amigas salieron de paseo... eran doce con mi mujer; ellas fueron a bañarse al río, y de pronto el misterio, desaparecieron para nunca más volver, ni sus cuerpos encontramos. Se llamaba Lupita de Olmedo - le contó en medio de sollozos.
Entonces ella, se quedó pensativa, como recordando algo y como hablando para sí misma dijo:
- Hace dos años que la perdiste, si dos años... pero ella y sus amigas no murieron... ¡Ya se cuál es...!
Zárate hizo una seña al hombre de que la siguiera, mientras le comentaba:
- Estoy conmovida por tu sufrimiento y como me pediste ayuda en nombre de mi ave favorita, te voy a dar lo que necesitas.
Caminaron por la montaña, la cual lucía preciosa: corría una suave briza y estaba llena de luz (¡cómo si fuera de día! ).
La Zárate soltó la cadena del pavo real, quien sacudió sus alas y mostró orgulloso toda su belleza, entonces lanzó un alegre grito, el cual fue respondido a manera de saludo, por los animales de la montaña.
Luego de caminar como una hora, llegaron a un hermoso paraje, donde crecía un árbol de toronjo.
La mujer arrancó doce de sus frutos y se los entregó a Diógenes, al tiempo que le decía:
- Tomá, aquí tenés alimento para tus hijos.
El hombre, sin comprender, abrió la alforja que llevaba al hombro y las echó dentro.
Entonces se oyó un suave aleteo y doce palomas blancas llegaron a posarse en el toronjo.
- Ahora podés marchar buen hombre, y mañana, esas palomas blancas te van a dar una sorpresa muy mía, esperalas.
Diógenes regresó sobre sus pasos, iban tan pensativo y desilusionado, que no notó que al alejarse de aquél lugar, volvía a ser de noche, o más bien de madrugada, ya que el sol apenas empezaba a rayar.
Pero el cargamento de toronjas pesaba en la alforja, entonces al llegar a un despeñadero, él decidió dejar allí la mitad de las frutas, para aligerar su largo viaje a casa.
Ya había avanzado el día cuando sus hijos lo divisaron acercándose a la casa, corrieron a su encuentro preguntándole qué les había mandado la señora Zárate.
Diógenes, fingiendo alegría les dió las frutas diciendo que ellas se las enviaba para que jugaran y que al día siguiente recibirían la visita de doce palomas blancas, muy lindas que vendrían a jugar con ellos.
Los chicos casi no pudieron dormir esperando que amaneciera, para ver las palomas que según Zárate les traerían una sorpresa.
Y muy temprano en la mañana, con asombro todos descubrieron que las toronjas traídas por su padre, ya no eran simples frutas, sino unas bolas de oro macizo.
No habían salido de su asombro, cuando escucharon el ladrido de perros, el galope de caballos y voces de mujeres, todos corrieron a la puerte y ¡qué sorpresa!
Regresaban las doce paseantes que una mañana fueron a la montaña y no regresaron. Lupita venía de primera, deseperada por abrazar a sus hijos y su marido. Fue un encuentro lleno de felicidad.
Más tarde las mujeres les contaron que la Zárate, al verlas bañándose en el río, tuvo la ocurrencia de convertirlas en palomas blancas, para su corte de honor.
¿Y el pavo real?
Bueno, al orgulloso de Pérez Colma, le tiene prometido que en cuanto acepte a convertirse en su esposo, le devolverá su forma humana. Pero el español dice que prefiere ser pavo real prisionero que casarse con semejante mujer.

La Negrita


La Negrita


Por los años de 1635, la Puebla de los Pardos era un barrio segregado de la ciudad de Cartago, compuesto exclusivamente de mestizos. Era costumbre en casi toda la América española segregar a los mestizos de los blancos, obligandolos a vivir separados, hasta la fuerza de la Ley llegaba en ocasiones a prohibir el matrimonio entre ellos.
Por esta época existía allí un breñal a donde solían ir los pobres de Cartago a recoger leñna para cocinar, en las inmediaciones del breñal vivía una pobre y sencilla mujer que en la mañana del 2 de agosto se encaminó como de costumbre a recoger su carga de leña al breñal, y esta vez encontró sobre una piedra una imagen que representaba a la Santísima Virgen con el Niño en sus brazos, de un tamaño no mayor a una cuarta y tallada en piedra, la recogió y al llegar a su humilde casa la guardó en una cajita de madera.
Cuando ya se acercaba el mediodía, la mujer volvió al breñal por más leña y, llena de admiración, encontró la imagen sobre la misma piedra. La tomó creyendo que era otra imagen y se la llevó a su casa. Cuando abrió la caja para guardarla junto a la otra, llena de estupefacción notó que la otra imagen ya no estaba. Su estupefacción creció a tal punto y casi de espanto, cuando por tercera vez, al volver al breñal encontró la imagen sobre la misma piedra. Sin embargo, la tomó en sus manos y la llevó a su casa, a donde pudo constatar que se había escapado de la caja, y que encontró vacia. La buena y humilde mujer se alarmó muchísimo, corrió a la casa del cura del pueblo, se la entregó y le contó los extraños sucesos que había experimentado momentos antes. El cura, que según cuentan era don Alonso Sandoval, tomó la pequeña imagen y la depositó en un cofre con el fin de examinarla después detenidamente. Al día siguiente cuando el señor cura decidió examinar la imagen, se dió cuenta que ya no estaba en donde la había puesto, y cuando la pobre mujer que anteriormente había descubierto la imagen, decidió volver al breñal a recoger la leña matinal, con asombro encontró la imagen sobre la misma piedra en que tantas veces la había hallado. Corrió la mujer donde el señor cura, este con otras personas del lugar llegaron al breñal y en solemne procesión la llevaron hacia la iglesia parroquial depositándola en el Sagrario. Al día siguiente cuando quisieron examinarla, ya no estaba en el lugar, corrieron todos a la ya conocida piedra en el breñal y allí estaba, sobre la misma piedra. Era la quinta vez que en esta forma se manifestaba la Santísima Virgen, comprendiendo asi que quería tener su casa allí mismo, se dieron inmediatamente a la ardua tarea de levantarle una ermita, mientras podían construirle un templo digno de ella la celestial Señora, "La Virgen de los Angeles".

Leyenda de Iztarú


Leyenda de Iztarú (I)


Hace muchos años, antes de que los españoles llegaran a Costa Rica y Juan Vásquez de Coronado fundara Cartago, los grandes palenques se levantaban en las partes Norte y Sur de la región del Valle del Guarco.
La parte Norte, era gobernada por un cacique llamado Coo, de gran poder y de aplicación a la agricultura. La parte Sur la gobernaba Guarco, cacique déspota invasor.
Guarco y Coo sostenían una lucha por el dominio de todo el territorio (Valle Central del Guarco). La lucha fue grande; poco a poco, Guarco iba derrotando la resistencia de Coo, hasta que este murió y dejó en mando a Aquitaba, el cual era enérgico y fuerte guerrero. Cuando vio que iba a ser derrotado por Guarco, tomó a su hija "Iztarú", la llevó al monte más alto de la parte norte de la región y la sacrificó a los dioses, implorando la ayuda para la guerra.
Estando en una dura batalla con Guarco, Aquitaba imploró la ayuda de "Iztarú" sacrificada; del monte más alto salió fuego, ceniza, piedra y cayeron sobre los guerreros de Guarco que huyeron. Del costado del monte salió un riachuelo que se convirtió en agua caliente destruyendo los palenques de Guarco.
Una maldición cundió y se decía que los habitantes de Guarco trabajarían la tierra, haciendo con ella su propio techo (teja); el pueblo se llamó luego Tejar de Cartago, la región Norte Cot, y el monte alto volcán Irazú.
FUENTE: Gómez, J.A. (1978).


Leyenda de Iztarú (II)


Iztarú, hija del cacique de Coo, fue llevada a la cima del volcán y ofrendada en sacrificio ante su dios, para detener la furia del Cacique de Guarco, Gran Señor de Purrupura.
La leyenda dice: Iztarú, hija de Coo, hizo estallar la tierra, y con ella a toda la gran montaña... y todos los pueblos de todos los confines de Nolpopocayán (América Central) sintieron la furia de Iztarú.
Entonces Guarco, el Gran Guarco lloró, al ver sus tierras cubiertas de ceniza mientras su población nadaba en el lodazal.
Guarco prometió y cumplió la paz. En tierras de Coo se sintió un simple temblor de tierra. La vida siempre floreció en Aquitava, Churruca, Chicagres y Chumazara en Tatiscú.

El diablo de Puente de Piedra


El diablo de Puente de Piedra


Cuenta la leyenda que una madrugada un hombre y su carreta, tratando de cruzar un río, invocó al diablo y ofreció su alma a cambio de que le construyera un puente.
Apareció el diablo y le dijo: acepto... A lo que el hombre contestó: pero debera estar terminado antes de que cante el gallo.
Y con velocidad escalofriante el diablo comenzó a construir el puente... Y viendo el hombre que el diablo se apretaba para poner despaciosamente la última piedra con cara burlona, se fue a su carreta, rebuscó en ella y sacando unos gallos los tomó a puntapiés y justo en el límite del tiempo, uno de ellos cantó.
Con prisa cargó de nuevo la carreta y ya sobre el puente dijo adiós al diablo.
* El cantón de Grecia tiene un distrito llamado Puente de Piedra, su nombre se refiere a un puente de piedra que, visto por debajo, se ve que falta una piedra justo donde cierra el arco. De ahí nació esta leyenda.


El Jinete sin Cabeza


El Jinete sin Cabeza


Y el silencioso crepúsculo se arrebujaba entre la dulce meditación en que la llanura solía extasiarse. Las aves herían con su alegre sinfonía la quietud majestuosa de la tarde. Lejos donde el sol parece arder entre el candente pebetero de la lejanía, un grupo de garzas van copiando sus finísimos plumajes en los colores maravillosos de los exóticos paisajes, en cuyos celajes hay tintes de presagio de penas melancólicas. Todo el ambiente parece guardar instantes de santa meditación, y en las copas floridas de los centenarios árboles, el viento arrecuesta sus erizados cabellos.
Es verano. Y toda la llanura está reseca y solitaria, con aquella triste melancolía. Ha sido un atardecer maravilloso, y pronto sus poéticas bellezas devorarán la noche que pronto llegará. Allá en el corredor de la Hacienda, el Viejo Patrón lee con devota atención el periódico del día, volando de cuando en cuando bocanadas de humo de pipa.
Son pasadas las seis de la tarde; este busca tomar un poco de aire fresco. En los corrales, el ganado espera entrar en reposo y de cuando en cuando óyense los últimos gritos de los sabaneros que arrean una punta de ganado de ordeño. La peonada se ha concentrado en la cocina y sentados al contorno de una mesa tosca y ennegrecida saborean con apetito la merienda del día.
Los congos con sus notas de órgano no cesan de cantar el allegro grandioso.
Todo el llano se puebla de sombras y en los corredores de la inmensa casona de la hacienda los candiles lanzan su luz cobriza. Patricia, la hija mayor del Patrón, se ha acercado hasta su lado un poco nerviosa, pues Rosendo, uno de los sabaneros acababa de contar, una terron'tica narración, de las que suelen contarle cuando termina el trajín.
-¿Qué te pasa hija mía? Preguntó aquel viejo, apartando un rato su pipa de su boca, con aquella seriedad de hombre respetable.
-Vieras papá,, que Rosendo estaba contando en la cocina que aquí asustan,, que llega tocias las noches hasta el corredor un jinete sin cabeza.
Una sonrisa picaresca dejó escaparse de entre su tupido bigote.
-No temas hijita, son supersticiones; son leyendas que estos hombres suelen contarse en sus ratos de ocio, para pasar el tiempo.
-Pero papá, dijo la chiquilla, ¿a qué viene esto?
-Yo te lo contaré, escúchame.
-Siendo yo bastante joven, me contaba mi abuela que en aquellos dorados tiempos cuando la hacienda contaba con todas las comodidades del caso, pe celebraba con gran pompa la fiesta del nacimiento del Niño Dios, por supuesto que era una fiesta preparada, donde nadie de la numerosa concurrencia se iba con el estómago vacío. Pues bien, Luciano, muchacho de buenos sentimientos, hijo del Patrón de la hacienda, tenía una novia, la cual quería mucho, por lo cual estaba haciendo preparativos para la boda, cuya fecha fijada sería el 25 de diciembre, en que se casaría con Carmel ita, una preciosa chiquilla, la flor del llano, que había entregado la fragancia de su perfume a un corazón enamorado.
José, sabanero dotado de malos sentimientos, que trabajaba en una de las haciendas cercanas a esta, estando también enamorado de Carmelita y lleno de celos, al saber que ésta pronto se casaría con Luciano, decidió una tarde irlo a "ispiar" al cruce del camino de la plazuela, y así saciar su criminal y cruel instinto.
En efecto Luciano sin saber nada de lo que ocurría, volvía alegremente a la hacienda, cuando al pasar por el lugar, José sin masticar palabra alguna se lanzó encima del desafortunado muchacho descargando su arma criminal y cortándole la cabeza.
El criminal se dio a la fuga y no se volvió a saber más de su paradero. Por eso hija mía cuando en las noches de luna y calma, y el llano duerme entre misterios o secretos, se escucha el trotar lejano de un caballo que viene acercándose a la hacienda, luego se oye que desmonta alguien, entra al corredor después de pasearse largo rato vuelve a montar y se aleja por el llano.
Cuentan los que han visto que es un jinete sin cabeza, es el mismo que en otros tiempos fue víctima de aquella tragedia pasionaria; es el alma de Luciano que busca entre el misterio de la muerte y la realidad de la vida, la linda mujer de sus sueños perdida en vísperas de su boda.
-Ya vez, hijita, esta es la leyenda que Rosendo quiso contarles a los compañeros. Ahora, anda tranquila a dormir, que yo te seguiré, y olvida esa superstición, y que Dios te acompañe.
Patricia después de oir aquel relato, dio un beso a su padre y paso a paso sumida entre un profundo silencio, fue en busca del descanso. En el zaguán sillero, un sabanero al compás de una vieja guitarra, rumiaba sus penas en las dolientes notas de una canción, triste y sentimental, canción que lleva y vuela en la fría brisa de los llanos a ser posadas en las copas florecidas de los árboles centenarios, canción que hace llegar hasta el blando lecho, donde duerme la amada mujer, de sus sueños.

El Pirata sin Cabeza


El Pirata sin Cabeza

Rueda por la playa de los Loros, —entre las bocas de los ríos Jesús María y Grande de Tárcoles,— una leyenda que se afirma en la nebulosa historia de nuestra época colonial, y que alimentan cada año los pescadores o los peones salineros mientras descansan de sus faenas contemplando el maravilloso paisaje que, al ocultarse el sol se admira desde el Peñón de Tivives.
Cuenta la leyenda dicha que: cuando Sharp y Dampier pirateaban en el Mar de Balboa sembrando el terror en las Colonias Españolas, acostumbraban adentrar sus faluchos en el río Jesús María para descansar seguros y reparar averías. En el Peñón dejaban centinelas vigilando el horizonte, y mientras unos trabajaban, cazaban otros y todos bebían, los jefes planeaban la próxima correría.
Un día de tantos llegó del sur Dampier cargado de tesoros; tan grandes y valiosos eran que la codicia llenó su pensamiento y resolvió ocultarlos para lograrlos solo. Su plan confió en secreto al compañero que más temía, un viejo pirata corazón de hiena y punas de acero, e hijo del Diablo —según se decía— ofreciéndole compartir la presa. Ya puestos de acuerdo, con engaños enviaron sus hombres al Peñón de los vigías y entre los dos pasaron el tesoro a la rivera; al pié de corpulento "guanacaste" cavaron hoyo profundo y en cascada amarillenta allí cayó el botín. Pero... recordó Dampier que secretos entre dos no son secretos y su puñal, cien veces asesino, a traición clavó en el ladrón compañero. Cayó el pirata moribundo y expiró invocando a su padre Satanás; éste llegó, -se metió dentro del muerto y por su boca... Aquí! gritó. Tembló Dampier. Requirió su sable y de medroso y terrible tajo separó del tronco la cabeza del muerto, que rodó y rodó cayendo en el hueco del tesoro. Ya no hablarás! dijo el traidor, pero... oh poder del Diablo! El cuerpo del pirata sin cabeza del suelo levantó, extendió hacia la mar su brazo y... Aquí! gritó. Huyó Dampier horrorizado hacia el Peñón de los Vigías llamando compañeros... y el cuerpo sin cabeza tras él corría — Aquí! gritando...Aquí!
Contemplaron los piratas el macabro espectáculo. —Les llenó el espanto.— Volaron al falucho. Las anclas levaron. Al ancho mar huyeron temblando de pavor, y en el Peñón quedó hacia la mar tendiendo el brazo, como un fantasma horrible, el pirata sin cabeza... aquí! gritando... aquí!.
Y en la rivera izquierda del río Jesús María quedó el tesoro guardado, al pié de corpulento "guanacaste" que el hijo del Diablo cuida. Y la sombra del fantasma, del pirata sin cabeza aguarda un hombre sin miedo para partir las riquezas.
Cuentan los viejos pescadores que para las lunas llenas —al llegar la media noche— en el Peñón de Tivives un fantasma sin cabeza, que lanza un grito extraño, por las rocas se pasea. Y que para el mes de octubre, cuando por el río Jesús María bajan corrientes, una lancha misteriosa que nadie maneja, domina las corriente.-, y quietecita se queda, frente a un viejo "guanacaste" que se encuentra en la rivera.
Tal es la leyenda que en el "Peñón de los Vigías" duerme en los inviernos y los veranos despierta, cuando viejos pescadores admiran el bello paisaje, que al ocultarse el sol se contempla desde el Peñón de Tivives.

La Yegüita


La Yegüita


La leyenda de la Yegüita tiene sus orígenes en la celebración de las Fiestas de la Virgen de Guadalupe en Nicoya, Guanacaste, festividades que se han celebrado después del año 1531.
En el puro principio la festividad se concentraba en la parte religiosa y en la preparación de comidas para las gentes que venían del campo. Un suceso inesperado acaecido en la punta del Cerro las Cruces, en el camino hacia Curime, Nicoya, vino a agregar un aspecto muy interesante a la celebración. Resulta -según cuentan los más viejos- que en una ocasión, cuando los indios promesanos regresaban del pueblo de Nicoya después de misa y procesión de la Virgen un doce de diciembre, dos hermanos guapes pasados de tragos tuvieron un disgusto y se estaban peleando a machetazo limpio. Las gentes al ver aquello imploraron la ayuda de su Patroncita La Virgen de Guadalupe, y fue así como en medio de los peleadores apareció un caballito alazán que a patadas y mordiscos los separó, desapareciendo cuando terminó la pelea. Este hecho fue considerado por los indios como un verdadero milagro y por esta razón, de esa fecha en adelante, en las procesiones va un caballito de madera que ejecuta un baile muy particular al son de pitos y tambores.
Para conmemorar este milagro, quedó entre los indios la costumbre de dirimir sus querellas el doce de diciembre en el pueblo de Nicoya. Sin camisa y con chilillos de cuero de danta, al son de pitos y tambores, se daban hasta sangrarse en presencia del caballito de madera que, cuando considera prudente, interviene bailando para separarlos.



En Nicoya existe la leyenda de que en el tiempo de la conquista, un indio encontró una veta en el camino a Curime. De ésta sacaba oro el cual cambiaba, entre los españoles, por alimentos y ropa; en la Villa de Nicoya fue perseguido en secreto y uno de los pobladores logró conocer el sitio de la mina. El acostumbra a ir también para recoger pepitas, pero un día el indio y su mujer lo sorprendieron. Los dos hombres comenzaron a pelear a muerte y la india, temblando de miedo, se arrodilló y suplicaba ayuda a la Virgen de Guadalupe. Al momento, una yegua negra apareció y se metió entre los combatientes. Frente a tal milagro se detuvo la lucha para salvación de ambos.

Rincón de la Vieja


Rincón de la Vieja


Esta es una encantadora leyenda que explica el origen del nombre del volcán Rincón de la Vieja.
La princesa Curabanda se enamoró de Mixcoac, jefe de una tribú enemiga vecina. Cuando su padre, Curabande, se dió cuenta de la relación, capturó a Mixcoac y lo lanzó dentro del crater del volcán. Curabanda se fue a vivir a un lado del volcán y dió a luz un hijo. Para permitir que el hijo estuviera con su padre, ella también lo lanzó dentro del volcán.
Por el resto der su vida, Curubanda vivió cerca del volcán y llegó a ser una poderosa curandera. La gente se refería a su casa como el "Rincón de le Vieja". Desde entonces el volcán lleva ese nombre.

El Cristo Negro de Esquipulas


El Cristo Negro de Esquipulas


Según se cuenta en la leyenda, hace muchos años en Guatemala, la policía estaba tras la pista de un sujeto que procuraba ganar dinero con la imagen de un Cristo negro, aprovechándose de la fe, al sentirse perseguido decidió huir, no sin antes llevarse con él la imagen.
No se sabe cómo o por qué, pero este sujeto vino a parar a Guanacaste, donde continuó con sus intenciones de vivir a costillas del "Negrito" como le llamaba la gente al Cristo. Las autoridades locales junto con las de Guatemala decidieron detenerlo, pero éste se escabulló rápidamente, tanto que dejó la imagen colgada en la rama de un árbol en el parque de Santa Cruz, o por lo menos esto fue lo que pensó la gente.
Un vecino decidió recoger y guardar la imagen en su casa, pero la sorpresa la tuvo a la mañana siguiente, ya que ésta había desaparecido, pero el asombro fue mayor al encontrarla nuevamente colgando en el parque, al hecho no se le dio importancia y fue trasladada a la casa del devoto, en la mañana del día siguiente, estaba de nuevo la imagen colgando de la misma rama en el parque, entonces los vecinos comprendieron que la imagen quería un templo y en efecto se lo construyeron.
Por años la imagen ha salido a recorrer las llanuras y vecindarios, aliviando penas y recogiendo limosnas, esta imagen se reconoce por la ausencia de dos dedos en una de sus manos.

La Procesión de las Animas


La Procesión de las Animas



Todavía no he podido olvidar del viejo Puntarenas una extraña leyenda que mi abuelita en la tertulia familiar, nos contara un día a sus nietos una tarde de lluvia.
Hoy, evocando su recuerdo muy querido para mí, he venido a recordar los tristes pasajes de ese cuento de superstición, que tanto miedo nos causó a la hora de irnos a dormir.
Contaba la abuelita que ella todavía pudo conocer, aunque ya muy anciana, a doña Manuelita Canales, la persona más importante de esta historia, la cual debió acontecer muy a principio del siglo que pasó.
Doña Manuelita era una santa mujer; sumisa a su esposo don Camilo Briceño, bastante mayor para ella, tenía el puesto de Guarda nocturno en la antigua casa de Aduana y Agencia de Barcos "Ansaldo y Co". No tenían hijos pero aún así eran muy felices.
Sin embargo esta felicidad vino a menos, y el asunto casi le cuesta la vida a doña Manuelita, que se vio en alitas de cucaracha para que no se fuera al hueco. Y el motivo lo ocacionó la extraña y disparatada ocurrencia que el matrimonio tuvo de variar los métodos de vida que normalmente tienen los cristianos en todo el mundo.
Figúrese -nos decía la abuelita- que como el trabajo del marido era solo de noche, resolvieron variar los tiempos de comida y también los demás menesteres de un hogar corriente. De esta suerte, a las cinco de la tarde se levantaban de la cama, tomaban su desayuno, y en tanto don Camilo se iba a su trabajo, su mujer a sus quehaceres domésticos cotidianos, que antes solía hacer de día.
La gente gozaba con ellos, pero como eran tan buenos, nadie se metía a molestarlos y hay la iban pasando, ni envidiosos ni envidiados como dijo el poeta.
A las once de la noche le llevaba a su marido el almuerzo, a las tres de la madrugada un cafecito caliente con chilasquilas bien fritas, a las seis lo esperaba a comer y las ocho de la mañana se acostaban a dormir.
Así pasaron algunos meses y cuando ya se iba haciendo un hábito en ellos ese cambio en sus costumbres, he aquí que vino a ocurrirles lo siguiente:
Estaba doña Manuelita como a las doce de la noche un poco apurada en el lavado, restregando un poco de ropa en el patio, cuando oyó en dirección de la calle un rumor de gente rezando.
Extrañada y curiosa, salió a la puerta en el preciso momento que pasaba frente a su casa una procesión de gentes enlutadas. Iban rezando, llevando una cruz pequeña en una mano y en la otra una vela de esperma o de semillas de higuerilla, que eran las candelas de antaño.
Al cerrar su puerta una de aquellas personas le dijo tome, y le entregó una candelita.
Como estaba tan ocupada, distraídamente puso la vela por ahí un momento en un rinconcito atrás del baúl y se fue a hacer sus quehaceres. Dos días después volvió a ocurrir lo mismo y también una tercera y cuarta vez, y como en la primera ocasión, le entregaban la velita y ella la guardaba en el mismo rincón.
Un día amaneció, o mejor dicho atardeció enferma doña Manuelita y su marido la llevó al médico, pero como pasaba el tiempo y las medicinas no le hacían bien y estando sumamente delicada de salud, por consejo de las amistades don Camilo la llevó al sacerdote para que la confesara "por si acaso".
En realidad doña Manuelita estaba muy malita y el señor Cura creyó más conveniente suministrarle los Santos Oleos a fin de que en su ausencia no fuera a morir en pecado mortal.
Como el aposento estaba un poco oscuro pidió a una vecina que estaba ahí una vela, pero no encontrándose una a mano, le preguntaron a la enferma por el lugar donde solía guardarlas corrientemente, a lo cual ella señaló con el dedo el sitio donde tenía las que le habían regalado anteriormente en las procesiones.
La vecina hizo lo que se le ordenó, pero no encontró nada.
Aquí solo hay unos "huesitos" dijo y la ropa recién lavada de la señora.
Extrañado el señor Cura tomó en sus manos uno de aquellos huesos y al comprobar que eran humanos, se horrorizó y tirándolo a un lado hizo la señal de la cruz y se santiguo.
Sin poder explicarse aquello, el sacerdote procedió de inmediato a confesar a la enferma revelando ésta la rara procedencia de esas piezas humanas. Explicando luego su caso.
Manuela, le dijo, no puedo absolverte en nombre de Dios, Nuestro Señor, si no vas al cementerio a devolver eso.
Ya ve doña Manuelita, lo que le pasa por variar sus costumbres. Esa procesión que Ud. vio pasar es la procesión de las ánimas benditas, que salen todos lo lunes, a las doce de la noche y mientras no devuelva esos huesos las ánimas le estarán inquietando siempre y no podrá vivir o morir tranquila. Levántese como pueda y vaya al cementerio a enterrarlas y que Dios le dé fuerzas.
Gran revuelo causó eso entre el vecindario y una señora ya muy mayor le aconsejó a la enferma que se hiciera acompañar por dos niñitos, porque eso le ayudaría mucho para conseguir indulgencia. Doña Manuelita hizo todo lo que le aconsejaron y como en realidad ella era una buena mujer, no faltaron personas caritativas que le acompañaron en su triste misión al camposanto.
Y dicen algunos, que estuvieron presentes a la hora de enterrar los despojos que cuando echaba el último puñado de arena se escuchó una voz de ultratumba perdonándola.

Los Duendes


Los Duendes



No hay una sola persona que no haya escuchado hablar sobre los duendes. De esas pequeñas criaturas con las que las madres amedrentan a los niños: "Te van a llevar los duendes".
Cuando era pequeño me daba miedo de encontrarme con ellos. Los duendes son unos pequeños hombres en miniatura que miden como medio metro de altura, usan boina grande y visten lujosamente, con trajes de colores. La mayor parte del tiempo andan juntos. Andan por los potreros, cafetales y caminos solitarios, no les importa si es noche o de día con tal de andar vagabundos.
Al visitar una casa se hacen invisibles, molestan demasiado, echando cochinadas en las comidas, tiran lo que se encuentre en sus manos. Pero lo que más persiguen es a los niños de corta edad, los engañan con confites y juguetes bonitos; así se los llevan de sus casas para perderlos. Si el niño no quiere irse, se lo llevan a la fuerza; aunque llore o grite. Una vez un señor, quién me merece todo respeto, contó que una noche, cuando él iba a caballo con otro amigo vio saltar un chiquito a la orilla del camino. Al ver esa figurilla en ese camino tan solitario y en horas tan inoportunas ambos se extrañaron; bajaron el ritmo de los caballos para preguntarle hacia donde se dirigía. Voy a hacer un mandadillo dijo el pequeñín. Pero a pesar de que apresuraban el paso, el pequeñín los seguía a cierta distancia, con una habilidad increible. Aquel espectáculo los puso como piel de gallina, y no querían mirar hacia atrás; y cuando quisieron mirar, había desaparecido.
Algo muy parecido a esta historia anterior le sucedió al hijo de un amigo. Sus padres lo buscaron por todos lados, se había perdido hacía dos días, quién estaba en un potrero lejano del pueblo.
Cuando se le pregunto como había llegado allí, dijo que unos hombrecitos muy pequeños se lo habían llevado dándole confites y juguetes; pero cuando estaban lejos del pueblo, pellizcaban y molestaban y mientras lloraba, aquella jerga de chiquillos reían y bailaban.
Este suceso se comentó mucho en aquel pueblo y es digno de estudiarse por lo misterioso del caso.
Dicen las gentes que para ahuyentar los duendes de una casa, aconsejan poner un baile bien encandilado con música bien sonada.

La Llorona


La Llorona



LA LLORONA Versión A

De los campos a las ciudades emigran muchas jovencitas en busca de su sueño, de estudios y de tener mejores trajes y dinero para ayudar a sus familias.
Esta como muchas llegó a la ciudad y se empleo en casa de ricos, enamorándose de su hijo el cual cruelmente la dejó embarazada y luego la despidió de su trabajo.
No habiendo más que hacer, se devolvió a su casa escondiendo su hijo bajo su delantal, lo cual no logró por mucho tiempo, su familia, apegada al cristianismo, comenzó a decirle su error a todas horas, creándole gran angustia.
Una noche bajo un gran aguacero corrió hacia el río y pariéndolo lo lanzó a la corriente, al ver lo que había hecho se lanzó detrás del niño gritando y llorando.
Todavía en las noches de luna después de una creciente se oye el llanto de esta mujer, y se puede verle tras el rayo de luna en el agua del río, tratando de alcanzar a su hijo.
Dicen que el señor en su gran misericordia tendrá compasión de ella y que algún día lo alcanzará, volverá a la vida y será un gran hombre revolucionario de la sociedad.

LA LLORONA Versión B

En las altas horas de la noche, cuando todo parece dormido y sólo se escuchan los gritos rudos con que los boyeros avivan la marcha lenta de sus animales, dicen los campesinos que allá, por el río, alejándose y acercándose con intervalos, deteniéndose en los frescos remansos que sirven de aguada a los bueyes y caballos de las cercanías, una voz lastimera llama la atención de los viajeros.
Es una voz de mujer que solloza, que vaga por las márgenes del río buscando algo, algo que ha perdido y que no hallará jamás. Atemoriza a los chicuelos que han oído, contada por los labios marchitos de la abuela, la historia enternecedora de aquella mujer que vive en los potreros, interrumpiendo el silencio de la noche con su gemido eterno.
Era una pobre campesina cuya adolescencia se había deslizado en medio de la tranquilidad escuchando con agrado los pajarillos que se columpiaban alegres en las ramas de los higuerones. Abandonaba su lecho cuando el canto del gallo anunciaba la aurora, y se dirigía hacia el río a traer agua con sus tinajas de barro, despertando, al pasar, a las vacas que descansaban en el camino.
Era feliz amando la naturaleza; pero una vez que llegó a la hacienda de la familia del patrón en la época de verano, la hermosa campesina pudo observar el lujo y la coquetería de las señoritas que venían de San José. Hizo la comparación entre los encantos de aquellas mujeres y los suyos; vio que su cuerpo era tan cimbreante como el de ellas, que poseían una bonita cara, una sonrisa trastornadora, y se dedicó a imitarías.
Como era hacendosa, la patrona la tomó a su servicio y la trajo a la capital donde, al poco tiempo, fue corrompida por sus compañeras y los grandes vicios que se tienen en las capitales, y el grado de libertinaje en el que son absorbidas por las metrópolis. Fue seducida por un jovencito de esos que en los salones se dan tono con su cultura y que, con frecuencia, amanecen completamente ebrios en las casas de tolerancia. Cuando sintió que iba a ser madre, se retiró "de la capital y volvió a la casa paterna. A escondidas de su familia dio a luz a una preciosa niñita que arrojó enseguida al sitio en donde el río era mas profundo, en un momento de incapacidad y temor a enfrentar a un padre o una sociedad que actuó de esa forma. Después se volvió loca y, según los campesinos, el arrepentimiento la hace vagar ahora por las orillas de los riachuelos buscando siempre el cadáver de su hija que no volverá a encontrar.
Esta triste leyenda que, día a día la vemos con más frecuencia que ayer, debido al crecimiento de la sociedad, de que ya no son los ríos, sino las letrinas y tanques sépticos donde el respeto por la vida ha pasado a otro plano, nos lleva a pensar que estamos obligados a educar más a nuestros hijos e hijas, para evitar lamentarnos y ser más consecuentes con lo que nos rodea. De entonces acá, oye el viajero a la orilla de los ríos, cuando en callada noche atraviesa el bosque, aves quejumbrosos, desgarradores y terribles que paralizan la sangre. Es la Llorona que busca a su hija

El Mico Malo


El Mico Malo



Mono pequeño, blanco, ojos rojos, gran rabo terminado en flecha, uñas grandes y filosas, verdadero pariente del mal, decía doña Filomena Burgos vecina del alto de Santa Cruz de Turrialba.
Doña Filomena no muy afortunada en su matrimonio por sus discusiones, chismes y demás artificios de su parte llego a tener la peor vida conyugal imaginada.
"Lo manda el diablo", recalcaba para darle un escarmiento a los matrimonios que pelean mucho, llega por las noches y se le ve en el árbol alto cerca de la casa y al encontrase con los no muy afortunados cónyuges se lanza a ellos para terminar con sus vidas.
Eso nos pasó a nosotros, solo Dios con su gran amor pudo salvarnos.



"Una niña muy joven metió su "pata de banco" (parió un hijo adulterino). El padre la echó de la casa y ella dormía a escondidas, entre el bagazo del trapiche. Una noche el abuelo la encontró asfixiándose con una estola negra al cuello. En el volante del trapiche estaba arrodajado el Mico Malo, que es un león de "falda". (Hay tres clases de leones infernales: el de falda, que es desnudo de pelo, el pintado a rayas, y el coludo que tiene rabo inmenso de mico). El abuelo se quitó su escapulario y se lo puso a la chiquilla mientras rezaba "La Magnífica". La estola negra desapareció y el Mico Malo dando saltos gigantes se alejó silbando como un hombre una canción descarada. El abuelo llevó a la chica a casa de padre que la perdonó, pues parece que el Mico Malo era cómplice del seductor".

La Muerte


La Muerte



De las muchas historias que hay, la de "La muerte", fue concebida así: La primera y más antigua dentro de la humanidad que inspira cierto miedo y respeto a quienes la sienten.
Cuenta que se describe así: su larga barba demuestra su antigüedad, sus ojos blancos y ciegos pues no puede escoger su próxima víctima, su vestido holgado pues su trabajo lo amerita, sus pies de caballo pues tiene que ser muy rápida y su azada con la cual a tientas se hace la escogencia.
Angel del altísimo con el cuál nos encontraremos algún día.

La Tulevieja


La Tulevieja



Nuestros mayores se valían de cualquier cosa para inducir miedo a los más pequeños y así mantener el orden del hogar.
Esta era una viejita que vivía cerca del río Virilla en una casucha destartalada por el tiempo, usaba para taparse del sol un gran sombrero de "tule", hoja amplia de la planta del mismo nombre.
¡Se lo va a llevar la vieja de la tule!, decían a aquellas criaturas que amedrentadas huían al verla recogiendo leña cerca del río.
Al pasar de los años, ésta se convirtió en una leyenda describiéndola de la siguiente manera:
"Gran sombrero de tule, pechos al desnudo, patas de gavilán, alas de murciélago, rostro de bruja y carga de leña."
Se dice que alza vuelo y cae sobre la persona despedazándola cuando esta se encuentra en pecado mortal.



La primitiva población de Dos Cercas, más tarde aldea de Desamparados, la asentaron los padres franciscanos que intervinieron en la colonización de Costa Rica, en un vallecito agreste, rodeado de montañas y regado por tres ríos: Tiribí, Damas y Cucubres. Escogieron un punto intermedio, más o menos, entre las antañonas poblaciones de Aserrí y Curridabat. Un lugar de descanso y refugio, en las horas de fuerte sol o de persistentes lluvias.
Como el medio era tan bello, de una vegetación rica, las gentes desarrollaron su imaginación fantasiosamente creando una serie de leyendas. La leyenda es la poesía de! campesino.
García Monge recogió una, titulada "El caballito de oro". Francisco María Núnez, la de "El ataúd volador de Ñor Prudencio", y algunas otras más. Quedaba por consignar en el papel, antes de que se pierda en el olvido, la de La Tulevieja.
Recordemos que, como las gentes se bañaban en los ríos, y de ellos tomaban el agua de consumo, entonces cristalina, pura, hubo remansos escondidos entre la fronda, diríamos, poéticos; que recibieron nombres y dieron origen a hermosas leyendas: La poza de La Unión, donde se unen los ríos Tiribí y Damas: La de Cancancho; la de La Selva, y muchas más.
Concretando, nos referimos a la Tulevieja. No olvidemos que las mujeres campesinas solían usar un sombrero de paja, puntiagudo, que se calaban hasta los ojos. Lo llamaban "tule". Generalmente estaba renegrido por las manchas de platano o de café. Les servía para librarse del sol o la lluvia, y también de los insectos, especialmente de las avispas que suelen enredarse en el pelo y constituyen una mortificación.
La Tulevieja era una señora entrada en años y mañas. Se dice que hasta dormía con el sombrero puesto, Deformado, sucio, con un aspecto de chupón.
La chiquillería burlona le puso el apodo de Tulevieja, y se complacía en molestarla. Ella entraba en enojo y, si tenía una rama a mano, corría tras ellos, tratando de alcanzarlos para darles su merecido. Nunca lo lograba. Sus bravatas estimulaban a los traviesos muchachos.
La Tulevieja iba a los cafetales a buscar "charramasca", o sea, leña menuda. De paso, cargaba un racimo de plátanos sobre su cabeza. El tule, cada día más renegrido.
Un día el viento le voló el sombrero que cayó sobre las turbulentas aguas del entonces crecido río Tiribi, arrastrándolo en su corriente. Ella voló en su persecución. La cabeza de agua de la gran creciente la ahogó.

El Diablo




Conocido por mi persona en las mascaradas patronales de nuestra comunidad y asuste casi diario de parte de nuestros mayores, cuando nos encontraban en nuestras travesuras.
"Te va a llevar el diablo".
Cuentan los abuelos que hubo una gran lucha en el cielo entre el ángel Luzbel y el arcángel San Miguel en la cual el primero fue derrotado y lanzado al infierno.
Diablo del Génesis y transformación del ángel Luzbel en la culebra que se arrastra por la tierra y desde su infierno espera a todos aquellos que en la tierra practican el mal.

El Cadejos




Vení temprano le decía Juan a su padre que por sus largas borracheras no paraba en su casa ni de día, ni de noche. A lo cual contestaba este "hijo de Dios en mi casa cuídame tu a mi familia, madre que te engendró y padre respeto por Dios quiero yo".
Aburrido de estas palabras que a diario escuchaba, decidió darle un escarmiento, consiguió un cuero negro, varias cadenas de perro y se escondió a su espera.
Como siempre y de madrugada apareció su padre con tremenda borrachera, aprovechó Juan y poniéndose el cuero y sonando las cadenas quiso darle una lección.
"Por asustarme y contradecirme "cadejos" quedarás y a todos los borrachos del mundo en sus necesidades ayudarás".



Espeluznante y fantástico animal que la gente supersticiosa lo señala como un enorme perro, de ojos encendidos, de pelo muy largo y enmarañado, que desde tempranas horas de la noche salía a asustar a las personas, en especial a los que andaban en malos pasos o niños desobedientes, o a espantar caballos, gallinas y hacer otras diabluras más.
Según algunos vecinos del pueblo, era lo más tétrico y pavoroso que le podía haber sucedido a los que hubieran tenido ia mala suerte de ver a la más terrible de todas esas maléficas criaturas: el "Cadejos". Al perro negro y encantado que aparecía y desaparecía como obra de magia, arrastrando enormes e invisibles cadena? que se oían pero que no se veían, rechinando largos y puntiagudos colmillos y lanzando fuego por la boca, ojos y orejas. Las personas que tuvieron la mala suerte de verlo solían decir que era el verdadero Lucifer personificado en forma de perro.
Se cuenta también de que muchos hombres y muy valientes que se aventuraron a andar a deshoras de la noche, por las calles solitarias de San Juan del Murciélago de antaño, en más de una ocasión regresaron a sus casas "jadeando" de la carrera que les pegó el "espanto del Cadejos", con la vista casi torcida al revés, y además, todos "mojados" y "untados" por haber visto al maléfico perro negro.
Según los relatos que dan consistencia a la leyenda del Cadejos, este horrible perro negro es el resultado de una maldición. Transportándonos al pasado, veamos qué fue lo que sucedió:
Era una humilde familia; el marido solía con frecuencia emborracharse en las cantinas y, llegando a deshoras de la noche a su casa, hacía un escándalo tremendo. Sacaba la cruceta y amenazaba de muerte a todo aquel que se atreviera a ponerle la mano encima. Otras veces le pegaba salvajemente a su mujer por motivos realmente insignificantes. El hijo mayor de la familia decidió un día darle un buen susto cuando éste regresaba de sus andanzas nocturnas.
Se consiguió un cuero peludo y, cuando fue ya tarde de la noche, se dirigió hacia un punto oscuro y solitario del camino, por el cual tenía que pasar su padre de regreso a casa.
Y de veras, cuando distinguió la sombra del hombre que se acercaba, se puso el cuero peludo, luego avanzó de cuatro patas al encuentro de su padre, convertido en horrendo animal de ultratumba.
El resultado fue óptimo para el muchacho, pues su papá, al ver aquella aterradora aparición, casi le da un ataque del susto y corrió tan rápido alejándose de aquel lugar que parecía que los tantos años vividos ya no le pesaran.
La estremecedora aparición continuó sal iéndole al encuentro en el mismo paraje, cada vez que su papá regresaba de sus correrías nocturnas. Pero, a pesar de todos estos sustos, no lo hacía abandonar su mala conducta y mucho menos el vicio del licor.
Un buen día se le agotó la paciencia al hombre y dominado el miedo que aquella espeluznante aparición le producía, levantó la cruceta para disponerse a hacer un picadillo a cuchilladas al espanto, pero cuando ya iba a asestar el primer golpe mortal, escuchó !a voz de su hijo que muy temeroso le gritaba que todo había sido una broma, que lo perdonara y que no lo matara.
El padre, al constatar que aquel hijo lo había hecho objeto de burla y de tan horrenda broma, profirió una maldición al muchacho: "De cuatro patas andarás toda la vida". La maldición se cumplió y aquel hijo se convirtió en perro grande y negro, que la noche más oscura no lo es tanto con su negrura.
Esa fue la maldición por haber asustado a su padre: pasaría él a ser el Cadejos, para horror de la gente: ese perro de apariencia pavorosa, capaz de erizarle el pelo al más pintado.
Nunca se ha sabido que este espanto haya atacado a nadie. Al contrario, muchos supersticiosos aseguran que más bien suele acompañar a los solitarios caminantes para defenderlos del peligro. Aunque la tradición advierte, sin embargo , que si alguien intenta golpear a este perro en tinieblas, éste aumentará de tamaño, ligero se enfurecerá y el atrevido corre seno peligro de una agresión.
¿Será cierto o no la anterior versión?
Le será fácil a aquel que quisiera averiguarlo. Todo es encontrarse con el Cadejos, en las calles oscuras de San Juan del Murciélago.

La Cegua




"Muchacha de divina voz que arrulla como un canto de sirena, pero que no da la cara que tiene de yegua infernal. Enamora con su arrullo a los hombres que andan por solitarios caminos. Tiene la muerte en los labios y mata besando. Alguien la ha visto bañarse en el río y peinarse las crines con una rasqueta de oro".
LA CEGUA Versión A
Muchas historias tiene, pero me atrajo la sencillez con que me contó Don Jesús Alvarado la suya, campesino de Quircot comunidad situada al este de la ciudad de Cartago, Costa Rica.
Dice así:
Los hombres trasnochadores y borrachos tenemos más probabilidad de topárnosla cuando venimos de la cantina pasando por trillos y cafetales.
Bella como el girasol, de curvas pronunciadas y grandes bustos, piernas torneadas como bizcocho de maíz, su cara por mi borrachera no se notaba muy bien.
Al pasar junto a ella en mi caballo a las 11 de la noche, me pidió fuego para encender un cigarro, de inmediato saqué mis fósforos y al encender, miré su cara de yegua, con sus grandes dientes y sus ojos rojos y endemoniados, caí desmayado sobre mi caballo y duré 4 días con la lengua trabada.
¡CLARO MUCHACHO ERA LA SEGUA!

LA CEGUA Versión B
Me acompañaba un hombre del campo, alma ingenua y sana que había logrado conservar, con toda su pureza, su nativa sencillez. Yo, que amo esas almas vírgenes de artificio, y me complazco en penetrar en ellas, escuchaba atento su conversación, y sólo de cuando en cuando le interrumpía para hacerle una pregunta que era algo como un buceo. Ni un aleteo de viento movía los árboles; nadie transitaba por el camino y remaba un silencio majestuoso en la plenitud de la noche soberbiamente constelada. Apenas si venía a turbar esa calma solemne, como un crujir de raso, el murmureo apagado de un riachuelo linfático que discurría, lamiendo las piedras, en el fondo de un próximo barranco. De pronto oírnos el golpe acompasado de un caballo que trota, bien opacado el golpear de sus cascos por el piso de tierra.
- "Alguien viene", dije a mi compañero.
Puso alerta el experto oído de hombre de campo y, con la seguridad del que está convencido de lo que afirma, contestó:
- "No viene por este camino, va por el otro de más arriba." - No había acabado de pronunciar esta frase cuando se apagó el ruido de las pisadas, como si el jinete se hubiera detenido de pronto. Unos momentos después debió seguir la marcha, pero en lugar de rítmico golpear del trote se dejó oír el repiquetear desatentado de un galope tendido.
Con voz ahuecada que parecía envolver un supersticioso respeto, el campesino murmuró:
- "Ese caminante se ha encontrado con la Cegua. Pero no tenga miedo, patrón, a nosotros no nos sale: somos dos, y para ajuste caminamos a pie".
-"¿La Cegua?" - prorrumpí con extrañeza. - "¿Qué animal es ese?"
Me pareció que una sonrisa había retozado en los labios de aquel buen hombre que repuso, como si no se animara a creer en mi ignorancia:
- "¡Pero, señor! ¿Cómo es posible que Ud., que lee tanto, no sepa qué es la Cegua? Es el mismísimo demonio, y Dios lo guarde de encontrarse con ella". "Te aseguro que no lo sé; explícamelo".
Estábamos ya muy cerca de la estancia y seguía oyéndose la vertiginosa carrera del caballo. Los perros que nos habían olfateado ladraban, no en son de alarma sino de gusto. La noche era fresca, las estrellas regaban siempre su oro pálido sobre el vasto paisaje, y el riachuelo linfático proseguía en su crujir de raso. El ambiente todo parecía convidar a los consejos y relatos misteriosos. Comenzamos a caminar más despacio, y el rústico, con un sabor de poesía que sólo es propio de la credulidad de las imaginaciones en bruto, se expresó asi:
No hay uno solo de los que han visto a la Cegua que se haya quedado como era antes. Hombres fuertes, sanos, colorados, que nunca se afligieron por el trabajo, después que se les apareció resultaron amarillos y flacos y flojos. Algunos también se murieron de puro susto - y citó a varios de los que habían perdido la vida a causa de la terrible aparición.
- "No es fácil verla" - prosiguió diciendo - "en todas partes; son ciertos lugares los que le cuadran. Por aquí anda siempre y por eso, fíjese que es raro ver un caminante a caballo solo. Casi siempre van dos juntos".
- "¿No es posible que la vean dos?" - le interrumpí.
- "Cuando va uno sólito es que se asoma," repuso hilvanando de nuevo su relato, con la satisfacción del que sabe que es escuchado con vivo interés.
- "En algún sitio lejos del poblado, sobre todo si hay arboleda y el camino es estrecho, es donde le gusta sorprender a los viajeros. En medio del camino se presenta y, con una voz muy dulce y muy débil, como si se estuviera muriendo, dice:
- "Señor, estoy muy cansada, y tengo que ir a ver a mi madre que está enferma, me quiere llevar al pueblo de ...?", y dice el nombre del pueblo que está más cerca porque, como es el mismo enemigo, todo lo sabe.
- "¿Entonces es una persona, o tiene el aspecto de persona?" - me atreví a interrumpirle nuevamente.
- "Es una joven muy linda, blanca, con los ojos negros y grandes, el pelo rizado y la boca preciosa. Todos los que la miran así se encantan de ella y, sobre todo, les da lástima porque se le ve cansancio en la cara y se le siente en la voz".
Un céfiro fino comenzó a juguetear en aquel momento, estremeciéndose las hojas con un temblor suave, como si un ser misterioso e invisible se adelantara, abriéndose paso entre las ramas tupidas. La naturaleza ayudaba al narrador.
- "Ni los más cerrados se resisten a su ruego, y todos caen en su lazo. Hay quienes le ofrecen la delantera de la montura y otros que prefieren llevarla a la grupa. Para ella es lo mismo. Cuando comienza a caminar, si va adelante vuelve la cara, si va atrás hace que el jinete la vuelva. Aquí lo espantoso. Aquella mujer hermosa ya no es ella. Tiene la cara corno la calavera de un caballo: los ojos lanzan fuego, enseña con amenaza los dientes pelados y muy grandes, tiene la boca abierta y arroja un vaho por aliento que huele a podrido. Al mismo tiempo sus brazos, como fierro, se agarran del jinete. El mismo caballo, que parece que se da cuenta de lo que lleva encima, arranca a correr como loco sin que ninguno lo pueda contener".
- "¿Y qué pasa después?"
- Los que al hacer montar a la joven hermosa han tenido malas intenciones, esos mueren todos, y se les encuentra tendidos con los ojos abiertos y saltados. Los otros, ya se lo dije, para el resto de su vida quedan sin servir para nada".
Llegamos al portón de la estancia y los perros ladraban más fuerte. Yo, entre tanto, me internaba en una profunda meditación, ¿No tiene una enseñanza muy saludable esta fantasía? ¿Quién en el camino de la vida no se ha encontrado a la Cegua? ¿Quién no ha sentido la seducción de la belleza con todos sus hechizos físicos, y nada más? ¿Quién no se ha rendido a la piedad mal entendida? ¿Quién en un momento no ha tomado el abono por las hojas? Y después... la debilidad en el cuerpo o en el alma, la muerte acaso.
La Cegua, grande o pequeña, con huellas de arañazo o surco de arado, ¡todos la hemos encontrado en nuestro camino!.

El Padre Sin Cabeza




Mito seguramente concebido en tiempos de la inquisición, durante la cual cortaban la cabeza a brujos, hechiceros, hombres y mujeres de mal vivir.
Dice la tradición que se le aparece a los hombres y mujeres que trasnochaban debajo de un árbol frondoso en el cual se puede ver una gran puerta de un templo.
La persona pasa la puerta y se encuentra una gran sala y al final un sacerdote cantando misa en latín.
Atraído y cargado de pecados la persona oye atentamente pero a la hora de la consagración al dar la cara el sacerdote se le ve sin cabeza y esta chorreando sangre entre sus manos.
Despavorido sale de aquel lugar y queda varias semanas sin habla, cambiando así su vida para siempre.



Eran aquellos tiempos del fusil de chispa, no tan distantes que digamos. Tiempos de oro y de alegrías en que nuestros antepasados, libres del aorisionamiento fastuoso de la moderna civilización, vivían a su modo, pobre y humiidemente, pero siempre contentos y alegres.
Nuestro pueblo, de labriegos sencillos formado, conservó de los conquistadores gallegos que vinieron de la Madre España, en busca de oro y de tierras para aumentar el poderío del León Ibero, su amor entrañable al hogar, su fe religiosa y la sonsería peculiar que lo hizo crédulo y creyencero.
A más de las fiestas de la iglesia, que formaban lista en el año, nuestros abuelos celebraban con menos pompa, pero sí con más alegría, dos festivales cívicos: el 27 de abril y la independencia. Esto es, el aniversario del golpe de cuartel del general don Tomás Guardia y el quince de septiembre, adoptado en Centroamérica como fecha de la emancipación política de España.
El programa era corto: Bailes populares al aire libre y repartición de licor, estallido de cohetes y bombas; gritos y, de cuando en cuando, algunos mojicones, por copa de más o de menos.
Y nuestros campesinos, todos guardaban su pala y el machete, limpiaban un poco sus manos; blanqueaban a fuerza de "'eje" sus agrietados pies, y salían al anochecer a divertirse con sus respectivas familias, danzando al claror de ía luz que despedían ios faroles de canfín o los reverberos de manteca. Y aquí entramos en nuestra relación, respecto al sucedido de la Calle del Cura.
Ñor Juan Rafael Reyes era el viejo más alegre del distrito de Patarra y no perdía, por nada de este mundo, los festivales del 27 de abril y la independencia, que bastante tenía que sudar los demás días del año para atender a su manutención y la de su familia, para no aprovechar la ocasión de echar una canita al aire.
En su caserío eran bastante recogidos, ajenos a todo, sólo pensaban en la quema de la piedra de cal que les daba, entonces más que ahora, el sustento. Las fechas memorables pasaban casi inadvertidas, por lo que Ñor Juan Rafael se veía obligado a ir hasta la villa para colmar sus ansias de fiesta. Allí era cosa de ver: Las taquillas permanecían abiertas la noche entera: los vecinos principales iluminaban los frentes de sus casas. En la plaza pública el entusiasmo no decaía hasta rayar el nuevo sol y la ilustre corporación municipal solía disponer el reparto de ''guaro" a todos los ciudadanos que vitoreaban al ciudadano presidente. Y eso entusiasmaba a Ñor Reyes, que muy a pesar de sus años que ya eran carga, gustaba de amanecer en vela, bailando a ratos, libando copas, mascullando su chircagre y enterándose de los corrillos de cuanto ocurría en el gran mundo, y soltando de cuando en vez su graceja, para no quedarse atrás con los cuentos, enredos y chistes que los contertulios iban enhebrando como para amenizar el rato.
Acertó caer la fecha de la independencia en domingo, y desde luego, la fiesta fue sábado en la noche. Por las vísperas se saca el día, y para cumplir con el adagio popular, de antes y con antes comenzaba la alegría.
Ñor Reyes no prescindía de bajar a la "suida a mercar" su manutención, lo que hacía todos los sábados al amanecer, y menos dejar pasar la parranda. Había que compaginar la obligación con la devoción. Verdad es que podía ajilar por la calle de Dos Ríos y evadir así la atención de la villa, pero solo una vez se celebraba al año la independencia y para el siguiente ya podía estar bajo tierra. Había que aprovechar la oportunidad, que algo la suele pintar calva. Ñor Reyes, - lo decía su mujer - sería parrandero y bebedor, eso sí my cumplido con sus obligaciones. Compraba el diario, y lo que quedaba libre era lo que podía beberse en ron o guaro de la Fábrica Nacional. Y cayendo y levantando, podía llegar ya al anochecer a su casa, pero con sus alforjas repletas, con provisión para la semana. También lo decía él: Los almadiados todo lo pierden, menos la memoria.
Ella se lo perdonaba a su marido, porque en su alacena todo abundaba; porque nunca la hizo ayunar, excepto los viernes de cuaresma - ya que era buen católico -, ni la obligó a solicitar prestado el puñadito de frijoles ni de sal, o la jarra de arroz, como le sucedía a la Piedades, su vecina, que a más de la vigilia en que vivía eternamente por las largas y repetidas parrandas de su hombre, que le duraban hasta ocho días larguitos, solía recibir un ajuste de azotes. Y todo se puede aguantar, menos eso de que un "mangúela" alce la mano contra su mujer.
Pues Ñor Reyes salió aquel sábado muy temprano, caballero con su yegua rosilla, vistiendo los trapitos de dominguear, los de coger misa. Lucía su banda tinta, de seda, que le daba varias vueltas en la cintura dejaba que las barbas salieran afuera del ruedo del chaquetón; no faltaba el pañuelo floreado al cuello ni la realera de puño de hueso y plata, compañera de los días de gran solemnidad.
Estuvo en la ciudad; hizo sus compras; provocó más de una risa sabrosota, con sus chistes y sus relatos, que salían de la boca a borbotones; sorbió sus copas de guaro nacional, más sabroso y más claro que el de "charral", según su opinión de buen bebedor, y al atardecer dispuso el regreso pasando por los "Samparados".
Ya preludiaban las marimbas y chisporroteaban los candiles, cuando hizo su entrada a la villa llevando sobre la al-barda sus grandes alforjas bien repletas. En la casa del compadre, Ñor Pedro el matador, amarró su ruco, sin desensillarla; dejó a buen recauda las alforjas y su ramita de espino, que le servía de espuela y la varillita de añono, que hacía de fuete y, tras un saludo en que hacia recuento de la salud de todos los de la casa, se salió a comenzar la juerga, relamiéndose de gusto, porque no había dejado de salir sin sorber la jicara de chocolate con sus bizcochos y embustes.
Bailó fandango y punto y sorbió copas. Tuvo más de una disputa y pudo regresar a casa del compadre, sano y salvo, gracias a la intervención de algunos amigos. Allí lo montaron en su bestia y lo pusieron en camino, tocándole el corazón, con el recuerdo de los suyos, que estarían en vela, deseosos de verlo llegar. Y la bestiecilla cogió el trote, calle arriba...
Era la madrugada oscura y fría. Mientras el jinete dormitaba, dejando floja la rienda, la ruca trotaba. Bien sabía Ñor Reyes que montado en un animal manso, que conocía el trillo de la casa como de memoria, podría dejarse llevar confiado y tranquilo.
Pasó por San Antonio sin novedad. Todo mundo dormía. Uno que otro perro ladró a su paso y vino a ahuyentar eí sueño. Cuando cruzó Río Damas y entró en su jurisdicción, apuró la yegua el trote, porque ya estaba próximo el momento de probar bocado y quedar libre del aparejo, el jinete y la carga.
Próximo al recodo llamado la "Calle del Cura sin Cabeza", se bifurca el camino y dan sombra los altos higuerones. Era un sitio temido, porque decía el rumor popular que asustaban. Muchas historietas de aparecidos circulaban de boca en boca. Pero Ñor Reyes ni era hombre de miedo ni padecía de nervios, más bien se envalentonaba cuando sorbía sus copas.
Frente a la plazuela, donde solamente se levantaba una casa de peones de la finca, vio una ermita. Se restregó bien los ojos, porque no tenía memoria de que allí hubiera existido esa construcción. Pero como para desvanecer sus dudas, replicó campana llamando a misa. Y deseoso de enterarse por sus propios ojos de que no eran visiones ni cosas de! otro mundo, se desmontó y entró al templo, que estaba iluminado a media luz. Se hincó a cantar el "Dominus Vobiscwn " y se dio cuenta de que al padre le faltaba la cabeza. La impresión lo levantó como con resortes y lo hizo abrirse en estampida. Al pasar bajo el coro, oyó un ruido infernal y sintió que la campana le seguía repicando su badajo... ¡No supo más!
Allí cerca, sobre el zacate, fue encontrado, sin sentido, por los carreteros madrugadores, que llevaban carga a !a ciudad. Lo recogieron y lo trasladaron a su residencia, donde pasó muy malito algunos días. Costó que volviera en sí. Hasta la pronuncia había perdido. Tenía que ser cosa mala la que vio, comentaban los familiares.
Pronto cundió la noticia del aparecido de la "Calle del Cura sin Cabeza". Los curiosos llegaban a adquirir detalles del suceso y se tejían los más variados y fantásticos comentarios. El tío Melitón, que era muy ladino, definió el asunto: "Acechanzas del demonio". Ñor Reyes había asistido a sus propios funerales, en castigo de sus pecados. Naturalmente, nunca más volvió a pasar en '"deshoras" por ese camino. Si iba a la ciudad, regresaba tempranito y por si tenía que viajar en carreta, para evitar que los bueyes se asolearan, madrugaba, pero siempre esperaba a otros compañeros. Que dos hombres se valen mejor que uno.
La moralidad pública habría ganado mucho, ya que se consumía menos licor nacional en la villa, si no se le ocurre a un vivo llevar al barrio licor clandestino de Agua Caliente, evitando así e! viaje a la villa, pasando por la "Calle del Cura sin Cabeza" en horas de la noche.
Han pasado muchos años y el suceso apenas si se recuerda. El trecho de camino conserva el nombre de la "Calle del Cura sin Cabeza". Y la conseja del aparecido sigue siendo como una lección de moral, pero nadie escarmienta en cabeza ajena...

La Carreta Sin Bueyes






Cuántas versiones se habrán escuchado y leido acerca de la Carreta sin Bueyes, a lo largo y ancho del territorio nacional, a través de los años.
Hoy podremos leer esta leyenda, sobre una historia de amor; donde se une lo pagano con lo religioso. Más que un mito es una forma de expresión que ha pasado en la forma oral y escrita a formar parte de nuestro acervo cultural.



LA CARRETA SIN BUEYES Versión A
Vivía en un caserío del antiguo San José, pueblo de carretas, gente sencilla y creyencera; una bruja quien estaba enamorada del más gallardo de los muchachos del pueblo.
El muchacho por su gran apego a su fe cristiana no quería tener nada con ella pero la bruja valiéndose de artificios, lo logró conquistar y así vivir con él mucho tiempo, conviertiéndolo en un ser similar a ella.
Como se puede notar nadie estaba de acuerdo con esta unión, mucho menos el cura del pueblo el cual en sus prédicas denunciaba el hecho, al pasar de los años aquel muchacho, ya mayor, tuvo una enfermedad incurable y pidió a la bruja que si se moría, le dieran los santos oficios en el templo del lugar.
Al solicitarle al sacerdote la última petición de su amado la bruja recibió la negativa debido al pecado arrastrado en su vida.
La bruja dijo por las buenas o por las malas y al morir su hombre, "enyugó" los bueyes a la carreta y puso la caja con el cuerpo muerto, cogió su escoba, su machete y se encaminó al templo.
Los bueyes iban con gran rapidez pero al llegar a la puerta, el sacerdote les dijo "en el nombre de Dios paren", los animales hicieron caso, más no la bruja la cual blasfemaba contra lo sagrado.
El sacerdote perdonó a los bueyes por haber hecho caso y la bruja, la carreta y el muerto todavía vagan por el mundo, y algunas noches se oyen las ruedas de la carreta pasando por las calles de los pueblos arrastrada por la mano peluda del mismito diablo.

LA CARRETA SIN BUEYES Versión B
Vivía una bruja en una comunidad aledaña a la capital; se encontraba enamorada de un joven muy guapo y elegante, que provenía de una familia adinerada y trabajadora, dedicada a los cultivos de! café, maíz, arroz, frijoles, caña de azúcar y hortalizas.
Ella era una mujer de baja estatura, de tez blanca, regordete y cachetona, de nariz aguilucha, de ojos color miel, pero muy avivatados. Sus atuendos eran algo raros: usaba faldas largas, con trenzas en el pelo, ya que lo tenía muy largo; también se acompañaba de un sombrero de pico y andaba a pies descalzos. En el pueblo la conocían como Epifanía, "la mujer de los perros", ya que en su casa tenía como una veintena de ellos. Se dice que cuando pasaban por su hogar, éste despedía raros olores.
Epifanía, valiéndose de artificios o hechicerías, logró conquistar al joven apuesto y se lo llevó a vivir con ella. Al tiempo, él terminó siendo similar a la bruja.
Con el pasar de los años aquel joven se transformó en una persona vieja, pero víctima de múltiples enfermedades. Él le solicitó a la bruja de su mujer, que por favor fuera donde el curita de Iglesia a pedirle que, cuando él muriera, le dieran los santos oficios en el templo del lugar.
Encaminóse la bruja Epifanía para hablar con el sacerdote, el cual le dijo que no podía hacerlo por el pecado arrastrado en su vida. La bruja Epifanía dijo: "Por las buenas o por las malas, usted tendrá que recibir a mi amado".
Pasaron unos pocos días y empeoró la salud de su "amado" hasta llegar su muerte, y Epifanía se prometió a sí misma que ella pasaría a la Iglesia con el cadáver para que se cumpliera el deseo que !e había pedido su amante.
Con el corazón lleno de amargura y sufrimiento, con los ojos inundados de lágrimas, Epifanía enyugó los bueyes y pegó la carreta. Se llevó al cuarto una caja de madera y depósito el cadáver de su amado, lo montó a la carreta, tomó el machete y su escoba, agarró el chuzo y picó a los bueyes, tomando un paso muy rápido, con destino a la Iglesia. Cuando llegaron a las puertas del templo, el sacerdote salió a su encuentro, y les dijo a los bueyes... "En el nombre de Dios, paren". Los animales hicieron caso, más la bruja Epifanía en su desesperación blasfemó contra lo sagrado.
El sacerdote perdonó a los bueyes por haber hecho caso, mientras que la bruja Epifanía, el ataúd con el cadáver de su hombre y la carreta, vagan por fas calles de nuestros pueblos hasta la eternidad...
Relato realizado por don Pedro Pérez Rodríguez.

LA CARRETA SIN BUEYES Versión C
La época traía sus propios problemas. El nuevo mandatario, con arrestos de estadista, quería dejar marcado su paso innovador. ¿La recompensa? Acatar y seguir sus órdenes, confiando en sus ideas que buscan el bien común.
San José de la Boca del Monte tendría que constituirse -bajo el mando del caudillo - en la ciudad más pujante de la nueva república. Claro es que no podría ser esto posible si sus habitantes continuaban desperdigados por todo el valle. ¡Ese vivir a sus anchas, casi incomunicados entre sus predios por un huraño egoísmo! El decir comodón para justificarse era: "Cada quien en su casa y Dios en la de todos"; y por ese principio tan poco civilizado, alimentaban una libertad enferma, negadora de toda solidaridad y una convivencia fuerte, la vitalidad que requieren los pueblos para ser productivos y amantes del progreso. Esta situación tenía que ser revertida.
Pronto, no sin enseñar su mano conductora y firme, el caudillo comenzó a observar cómo San José de la Boca del Monte enseñaba los primeros brotes organizativos que la conducirían a modernizarse como ciudad. Ya se perfilaba, gracias a la conducción inteligente, paternal e inflexible de un buen conductor de pueblos. Allí, aunque rudimentariamente, el gobierno les ofrecía las bases necesarias para llevar adelante aquel proyecto innovador: Hacer una ciudad. ¿Cómo no caer en la tentación de adquirir lo necesario para hacer más agradable la vida? Aquellos primeros pobladores montaraces, acostumbrados a luchar con la adversidad de una colonia descuidada del Reino de Guatemala, comenzaban a sentir el calor humano necesario para renunciar a un aislamiento comodón, que les dificultaba la vida.
Una mañana esplendorosa, en Cabildo Abierto, los vecinos decidieron bajar del monte por unanimidad, para acatar las órdenes del caudillo. No era cosa de desairar las ordenanzas y proclamas del gobernante.
Se comenzó por repartir la tierra del asentamiento, en cuadrantes de una manzana de extensión para asentar a cuatro familias.
De inmediato, todas ellas iniciaron la "fiesta del barro" para construir sus buenas y espaciosas casas de adobes. Aquel embrión de ciudad hervía de entusiasmo y laboriosidad: unos cortando y jalando la madera de la montaña cercana, otros con sus bestias batiendo el barro, los más ingeniosos, fabricando las tejas que moldearían en sus piernas. ¿Qué decir de los hornos que fabricaron para el uso en común y de la febril actividad desplegada por sus mujeres? Que lo hacían alborozadas: algunas picando el zacate para la mezcla del barro. otras cortando el "chagüite" para dar de comer al ganado, y otras más especializadas, haciendo el pan y el "bizcocho" para todos.
En menos de un año. aquellos labriegos ya estaban disfrutando de una buena casa con galerón de ordeño, troje y galpón para guardar aperos de labranza y una porción importante de terreno donde sembrar y cosechar las legumbres para el gasto familiar La holgura de que habían gozado, ahora la tenian también, pero en forma más organizada en comunidad.
Aconteció que, ya agrupados como pueblo, la naturaleza al parecer quiso ponerlos a prueba. Noticias venidas de la zona norte del país causaban la alarma natural, anunciando la peste del colera.
Cundió la alarma en el pueblo: Juancho Pacheco, casa a casa, convocaba a los vecinos para reunirse en casa de Eduviges Brenes esa misma noche.
Como era de esperarse, Juan de Dios, conocido como "Juancho", activo y buen hablador, dio muestra de una elocuencia encendida; que para motivarlos fue suficiente:
- Vean, compañeros, yo no sabía que'l cólera... ese mal que acabó con tantas gentes en la guerra del cincuenta y seis, que es que se produce por la cochinada. Y esto me lo acaba de palabrear el dautor Gómez anticos d'irse pa'l norte llamado por el gobierno. Y no es cuento, el sabe muncho d' esto; idiay: Si viene de una universidá de "las europas". ¿Saben de quién es hijo? De don Paco Gómez, que por cierto está aquí con nosotros. Quiero pedile a don Paco, que sabe más de este asunto que yo, que tome la palabra para que les cuente lo que dice el dautor. ¡Como él no se encuentra aquí! Parece que lo mandaron allá por la Lajuela, que esta la cosa bien jodida, y ya hay muchos muertos. ¡Lo que's saber, veda! ¡Y nosotros tan mansitos, tan inorantes sin priocupanos por nada y con el "mierderío" casi metió en las casa! Mejor que nos hable don Paco. Él sabe más que yo d'esto.
- Buenas noches y muchas gracias por estar todos reunidos esta noche, y muchas gracias a Juancho que se priocupó por haceles el llamado. ¡Carambas! Y es que no es para menos. Conversando con m'hijo, me esplicaba para que hagamos algo, que eso de estar como almacenando el "mierderio" en esos escusados de hueco, nos tiene como quien dice amenazados con enfermedades terribles. Disque entonces dice m'hijo que por tener esa forma cochina de vivir es que tenemos tantos chacalines muertos por diarreas y colerines. Pero que si no nos libramos de esa cantidad de excrementos que tenemos en nuestras casas, el cólera puede aparecer d'iun pronto a otro, y no va quedar cristiano vivo para que cuente el cuento. Además que tenemos que tener agua potable pa' lávanos las manos, y es que dice que nosotros todo lo comemos con caca, por falta de higiene. Que tenemos que hacer algo o si no la epidemia nos va a castigar. Vieran... Dice m'hijo que por cochinos y faltos de aseo, y lo dice en broma. somos unos "comemierdas". Claro, él me lo viene diciendo desde hace mucho, pero ni caso l'iago, sólo que ahora con la cantidad de muertos que el cólera hizo en Perú, ya se me metieron las cabras. Es por esto que les voy a pedir a todos que hagamos algo, pero ya.
- ¿Y qué podemos hacer aquí? - dijo don Eduviges,
- Reunilos con el dautor. - sugirió Juancho. Si me encargan a yo y hacen lo que él me diga... voy.
- "¡Te acuerpamos!" Dijeron todos al unísono, y se levantó la sesión.
- Al día siguiente Juancho, muy de mañanita, se fue a buscar al doctor Gómez, el cual lo recibió muy amable y entrador.
- Dautor: Vengo pa'que me ayude a convencer a estos entumios del pueblo pa'que suelten. Ellos dicen que aceitan lo qu'iusté mande. Y ya usté sabe la manera de losotros... ¡cochinitos! ¡cochinitos!
-Es buena la idea. Precisamente una de las actividades debe comenzar por la educación, pero para eso debe organizarse un Comité de Vecinos, para que se encargue de la higiene del pueblo.
- Mira, Juancho, para hacer mas democrático el nombramiento, le nombro desde ahora Presidente del Comité. Búscate a otros compañeros y yo te daré las instrucciones de lo que hay que hacer. ¿Estamos? ¡Bueno! No hay tiempo que perder. La peste avanza, pero la tubería del gobierno ya está por llegar y hay que instalarla. El agua, que es primordial para la salud, la traeremos del ojo de agua de la Ortigia. La tubería es obsequio del gobierno, pero nosotros tenemos que poner la mano de obra. Pero olvidaba decirte, tenemos que vaciar todas las letrinas del pueblo inmediatamente.
- ¿Y quién cré usté que pueda hacer esa chamba, dautor?
No lo sé, para eso te he encargado a vos. Tenes que encontrar a esa persona.
- Terminada la conversación, Juan de Dios no perdió su tiempo, y como Presidente del Comité de Sanidad de San José de la Boca del Monte, se dedicó con ahínco encomiable a formar el comité, en el cual tuvo enorme éxito. Barajando nombres de la comunidad, alguien mencionó a la familia Cubillo, formada por doña Consuelo Ortiz y su marido don Concepción Cubillo, cuyos hijos varones estaban en los dieciocho años el menor, veinte y veintiuno los mayores.
- Explicóles Juancho del trabajillo tan necesario para el pueblo. Y Daniel, el mayor de todos, dijo:
- ¿Y cómo cree que podemos hacer esa trabajada, Juancho?
- ¡Huuuuu! ¡Eso es pura cajeta! Mira, le ponés un sobre-cajón a una carreta y te caben seis barriles bien cómodos. Con un balde y un mecate encomenzas a sacar el "mierderío" y lo vacias en los barriles. Luego, como ustedes no quieren que los vean, se ponen unos vestidos negros que les cubran hasta la cabeza, y así, entre dos, jalan la carreta hasta el río Virilla pa'vaciala, y asunto arreglado. Como ya el caserío tiene doscientas casas, con diez que vacén por noche, cad'uno de ustedes va'ser tamaño poquillo de gurbia.
- Por ahí la cosa parece güena, -dijo Miguel-, Pero ¿el embarrijo y la pestilencia? A yo se me descompone la panza.
- A yo también - dijo el menorcillo.
- ¿Y qué tal si les damos una botella de cususa a cad'uno. pa'que se forren bien?
- Ansina suena la cosa sabes. Pero ¿y la vergüenza de andar calle arriba y calle abajo con esa cochinada? ¿Qué van a decinos las muchachas si nos ven?
- Eso se arregla fácil - los convenció Juancho. Si encomienzan la jalada pa'endespués de las diez de la noche, cuando todos están dormidos, naditica los va'ispiar, ni siquiera onde vayan a sacala. Además, ese secreto yo lo guardaré pa'siempre pa'que "naide" lo sepa
- Así estamos claros -dijo convencido Miguel, - pero ios parranderos que andan alzados y jumiticos nos podrían ispiar... ¿No crén?
- Eso déjemelon a mi cuenta. Yo sé como arreglar esa marucha - los tranquilizó Juancho.
Y hubo convocatoria al pueblo en la plaza del lugar, firmada por el doctor Gómez y el Comité de Vecinos presidido por Juan de Dios Solano y los hermanos Cubillos, apoyados por Don Eduviges Brenes, que les asesoraba para la cañería. En esa reunión, el galeno les hizo recomendaciones, haciéndolos recapacitar sobre la importancia de una mayor comprensión de los problemas sanitarios. Su discurso provocó una gran ovación, y al momento estaban largas filas apuntándose como voluntarios para la cañería. Además, ofrecieron pagar un estipendio generoso por la vaciada de los tanques sépticos.
El trabajo de los incógnitos pronto se dio a conocer. El vacíamente de los tanques llenó de júbilo a los beneficiados, sólo que, coincidentemente, la población se sobrecogió de espanto. Si bien era cierto que aquellas piadosas personas estaban siempre en buenas relaciones con Dios (según el decir) y con la Iglesia, que era otro decir, comenzaron a darse ciertas situaciones misteriosas. Después de que el farolero apagaba los candiles, aquellas calles quedaban desoladas y con una oscuridad untuosa, fantasmal, que mantenía en vilo a todos los moradores. Y a la par del espeluzno de ciertos sustos y fantasmas también, para que la cosa fuera más completa, comenzaron a desaparecerse las gallinas, los nidos eran saqueados, el maíz de las trojes, y hasta uno que otro cerdito encebado. Y para sorpresa mayor, muchas de las niñas virtuosas del pueblo aparecieron preñadas, y no faltó quien alegara aquello como obra del Espíritu Santo. ¡Vaya blasfemia! -decían las beatas intrigadas y poniendo las barbas en remojo.. Para completar el cuadro de tan peculiar suceso, los pocos audaces que se atrevían a echarse una cana al aire regresando tarde a sus hogares aparecían al amanecer, entumidos, sin habla y con la vista perdida. Cuando volvían en sí, afirmaban haber visto una carreta sin bueyes que los dejó horrorizados. Tanto se repitió la historia que llegó a figurar entre otras tantas apariciones y consejas con que el pueblo entretenía sus veladas y rezos. Claro es que todos los moradores eran testigos de aquel deambular de la carreta, pues la oían pasar todas las noches con el sobrecogimiento natural que produce una creencia arraigada. Nadie había dejado de oír el clac, clac de su bocina de bronce.
"Sí", dijo el abuelo después de oír esta versión de la Carreta sin Bueyes. Mi abuelo me llegó a platicar sobre esta historia y me contó algo más. Los Cubillos llegaron a ser los mandamás del pueblo y tuvieron la delicadeza de reconocer todos los chacalines que nacieron en aquellos aciagos días del cólera, y que no fueron pocos. Mi abuelo decía que sumaban más de cien, y ni para qué decir que en los primeros cien años, los dos tercios de la población eran Cubillos. ¿Qué les parece?